martes, 22 de diciembre de 2009

NAVIDAD EN ESPAÑOL


Hacía escasos seis meses que habíamos llegado a vivir a Estados Unidos. Para una madre primeriza lejos de su país y de su familia, tan distante de sus amistades más queridas... no era nada fácil. Cada día me preguntaba qué estaba haciendo tan lejos de mí misma, de lo que era realmente. Una voz interior me decía que le diera tiempo a este nuevo mundo que ahora pisaba, que saldría adelante a pesar de todo.

En South Lancaster, Massachusetts –donde fuimos a vivir– casi no había hispanos. Cada día sintonizaba la radio buscando en el dial la única voz en español que me acompañaría todas las mañanas de 9 a 12 durante tres meses. Era el único programa en un idioma que podía entender completamente, que no necesitaba traducción, con el que me sentía chilena y que me emocionaba hasta las lágrimas. El locutor era puertorriqueño y tenía un acento encantador, dulce, melodioso y no había nada en el mundo que me hiciera desistir de escucharlo. Mi bebita tenía seis meses y la hacía dormir todas las mañanas después de su primer biberón. Esas tres horas en español... ¡eran sólo mías!

Aquella mañana, víspera de la Navidad y mientras escuchaba el programa radial, empezó a nevar despacito. Eran los copos de nieve más blancos que había visto en mi vida. Parecían pedacitos de nubes cayendo del cielo, tapizando todo de una paz silente y suave. Me quedé, sobrecogida, llenando mis ojos de blanco y de agua mientras pensaba en los míos, tan lejos y, sin embargo, tan dentro de mi corazón: «Feliz Navidad, pedacito mío, lejano».

(Chari)

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